60, más unos cuantos días y contando o descontando vida: como si fuera la adolescencia de la vejez

Por fin, hace nueve días, llegué a la edad que hace algunos años se antojaba tan lejana y que hace tiempo, parecía estrenar la vejez.

Como siempre, me tardo en que “me caiga el veinte” en cuanto a los aconteceres relevantes, que me van sucediendo en mi cotidianidad.

Como todo, los 60’s son más cuestión psicológica que física, sin por ello menospreciar los achaques propios no de la edad, sino del maltrato cotidiano aplicado en forma esmerada en los años previos de vigorosa salud, con una pizca de genética heredada. Aclaro que, no es que esté en ruinas, pero tampoco es que llegue (en presente, no en pretérito, que aún estoy vivo) en “plenitud”, prístino a esta etapa.

La consabida vejez se antoja tan lejana, quizás cada ve más, como cuando subes una montaña en que parece que llegas a la parte más alta y te das cuenta que ese montículo al que arribas, tapaba otra cima aún de mayor talla.

Confieso que me siento joven y vigoroso, aunque el cuerpo y las fuerzas a veces flaquean evidenciando la terca realidad.

Al igual que en la montaña, conforme se sube, hace frío, falta el aire y encima si no estás acostumbrado hasta te mareas, te sientas a descansar, reponerte y ubicarte donde andas y hasta donde has llegado, para luego poder continuar el ascenso.

Quedarse donde estás, no es opción y bajar ya no puedes, se ha borrado ese camino y posibilidad. Solo resta seguir subiendo hasta donde dé, literal, el último aliento.

No hay dramatismo de por medio, ni nostalgia, ni melancolía (por el momento) solo seguir explorando la pendiente y buscar seguir subiendo con el fardo de los años a cuesta 🏂 sin que pese más ni menos, pero cargándolo, sin opción a dejarlo en el camino porque forma parte del bagaje que va adherido al ser.

No hay queja.

Ya estoy aquí; no existe (literal) alternativa pues volteando a ver cuál sería es un hoyo en camposanto o ser polvo como la frase de cada año en miércoles de ceniza, al iniciar la cuaresma.

He llegado y como todo, más que fin es punto de partida, comienzo como cada Año Nuevo, como cada día que amanece, con diversas variantes y matices: ora esplendoroso, ora nublado, ora lloviendo ora ventoso ora oscuro, ora frío, ora caluroso, ora en nuevo sitio.

Puede haberse planteado y planeado meticulosamente hasta el más mínimo detalle (en el tema de cuidado personal, salud, ahorros, posibilidad de retiro, que se yo).

Confieso que no ha sido, ni es mi caso.

He sido, algo así como un raro “nómada sedentario” (aunque suene incongruente y sin sentido, la calificación con que me adjetivo a mí mismo) confiado a lo aleatorio, encomendado y encomendándome, a la Diosa Fortuna, que en ocasiones me premia en y con abundancia, aunque a veces también me cobra y alto el precio de participar en el juego con ella.

La vida es y ha sido una constante sorpresa, una aventura; las más de las veces inesperada, como todo lo que la mayor parte de las grandes, por maravillosas o catastróficas situaciones sucede, en una trama sin definición previa; cosas y situaciones buenas y malas; chistosas y tristes, gratas e ingratas, dolorosas y de alegría y celebración desbordante, risa hilarante y lamentos profundos (de esos que impiden siquiera desahogarse en llanto), tal cual, como lo señalan los primeros ocho versículos del capítulo tercero, del Eclesiastes, que refiere a qué hay tiempo de y para todo, en la vida y así la he vivido, creo que también así la habré de morir, cuando me toque.

Preguntas, más bien cuestionamientos hay. Tengo, a la fecha, aún muchos; algunos los he resuelto y otros simplemente los he olvidado o dejado de considerar, no por ello han desaparecido de mi ser.

Pero lo que más me atrapa ahora, sin obsesión alguna, pero sí en forma reiterada incluso en mis sueños, es saber de mis seres queridos quién fallecerá primero, empezando por mí (porque por si quedara duda, también me quiero) y hasta cuándo seguiré teniendo vitalidad (haciendo honor a mi apellido materno), y vigor, para todo lo que es mi existencia cotidiana: cuerpo, mente y sentimiento.

Y no es en o con un afán catastrofista, por tener más años de los que siquiera pensaba tener, sino más bien con una curiosidad me atrevo a decir que infantil de saber de mí final y del final de quienes conozco y quiero. De cómo se acabará.

No temo a la muerte, ni por cierto, tampoco a la vida; no es que quiera o anhele morir o ya no vivir (que para el caso es lo mismo), sino buscar y lograr esperar cómo y cuándo se terminará esta aventura llamada vida, que es un viaje inesperado en este mundo al que llegué sin pedirlo y al que me acoplé como pude, en el trayecto, para concluir y llegar a no sé dónde pero en el que fui conociendo experiencias y personas que llenaron mi existencia y me hicieron bien e incluso a algunas también les apoye e hice bien en algún intervalo de sus existencias, lo recuerden o no, lo reconozcan o no, que a fin de cuentas eso es lo de menos y no importa.

Y pues mientras eso suceda y llegue el fin, a continuar el trayecto, quizás con más tranquilidad -espero- pero con más ahínco e ilusión de amanecer cada día, claro que también con mayores pausas en el camino. A seguir la marcha, descubriendo, al menos para mí, nuevos senderos, hasta llegar a donde me toque reposar.

En fin.

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