A manera de constatar

Tengo 60 años y solo en ocasiones, estoy consciente de ello…afortunadamente.

Porque resulta, de vez en vez que la edad (solo medida convencional del tiempo), como tal, suele ser más grillete que anquilosa, en lugar de incentivo que motive.

La mayor parte del tiempo me siento como cuando chamaco, no en cuanto a tener una edad diferente, ni por un tema de nostalgia, si no por mera sensación de ser o estar como persona tan como si no hubiera transcurrido el tiempo y pudiera hacer actividades que cierto estoy que físicamente me son irrealizables, porque el cuerpo ya no lo permite. 

Pero mi mente, siempre inquieta, permanece con tal ilusión que las más de las ocasiones me sorprendo a mí mismo sintiendo sorpresa con esa humilde alegría y asombro infantil, por cada vez que descubro cosas que no conozco. En verdad, me da gusto tener esa sensación que de pequeño me afloraba inconscientemente, cuando se me aparecían cosas o situaciones nuevas.

No he perdido la capacidad de asombro y de sonreír con cada nuevo descubrimiento, aunque para otras personas ya sea de sobra algo conocido.

Es increíble  no permanecer impávido frente a lo que aparece como nuevo y por ende disfrutarlo; incluso, poder hacerlo en cada amanecer, descubriendo aspectos diversos a lo que haya visto el día anterior.

De hecho, es maravilloso, las más de las veces, despertar y darme cuenta que se dibuja una sonrisa que estoy cierto que Dios me la pone, para recibir gratamente, junto a la luz de mis ojos y mis demás sentidos, lo que van percibiendo ese nuevo día.

En pocas ocasiones las circunstancias se tornan oscuras y hasta se me figuran adversas; pero siempre hay algo que me hace sentir bien y me saca de esas tinieblas inclusive después de una mala noche.

Cada mañana es una grata expectativa, a partir de estar vivo lo cual, no dejo de agradecer, percibiendo mi entorno, aunque reconozco que, también a veces (pocas), no soy lo suficiente efusivo en mi expresión, para manifestar a mi Creador el agradecimiento por lo que me da oportunidad de conocer y hacer. 

Quizás, solo quizás esa sea otra forma de orar. 

A veces, solo a veces, también lloro en silencio con una tristeza que viene de ausencias y de algo ignoto; pero sobre todo, de olvidar las bendiciones que poseo, que tengo, pero son las menos de las veces, porque las propias circunstancias me hacen recapacitar y vuelve de la nada, salvadora, la sonrisa a mi rostro, puesta por Dios.

Solo quería hacerlo patente. De mí para mí y para mi Dios.

En fin.

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