Quienes nos enamoramos

Quienes nos enamoramos de verdad, y no jugamos a la seducción, partimos de buscar que sea para siempre. De lo contrario, no vale la pena, porque es mucho lo que se expone y significa un desgaste que carcome a la vida misma.

No significa que siempre, el amor sea el mismo del primer momento de enamoramiento, en el que todo sea resplandor y constantes emociones vívidas; ni que sea una experiencia como las vividas en la adolescencia. 

Al ir conociendo a la persona objetivo de nuestro sentimiento,  se pasa por zonas que normalmente no se conocen a primera vista; pero es precisamente ese adentrarnos en el conocimiento de la otra, que se va experimentando el saber de su ser, de su sentir y amarla, valorarla aún más, con un amor que ha pasado la primera parte que son los juegos artificiales de los escarceos iniciales.

Amar es querer o bien aceptar todo lo de la otra persona, a ella misma con sus claroscuros y manías, y esperar que acepte las de uno.

Pero es que se piensa que quién nos atrae o enamora debe ser siempre alguien sin manías ni defectos, siempre dispuesta a nuestro parecer y sentir.

Y eso, no existe.

Es entonces que choca nuestro imaginario con la realidad. 

Nos empezamos a desencantar y entonces, comenzamos a buscar, para listar los defectos, aún los mínimos, para hacer una especie de balance, como si se tratara de una actividad económica, para justificar nuestra decisión preestablecida, aunque no reconocida, de dejar de enamorarnos, y el porqué de la separación.

En definitiva, la cotidianidad puede cansar; aunque sí partimos del verdadero amor, es cuando debiera sublimar y reforzar al sentimiento.

Ese listado debiera ser uno de razones por las cuales amar más a nuestra pareja; donde poder apoyarla, donde acompañarla, donde reencontrar lo que nos llevó a ella.

El primer listado, el de defectos, debiera hacerse, si, pero de los propios, para saber cómo ser menos incómodos o de plano molestos para nuestra pareja y aprender -eterno sino del ser humano, que nunca termina de acabar su conocimiento de sí mismo y del otro- a como ser mejor para que se reenamore de aquél a quien dijo la primera vez un sí.

Y es que nos llegamos a centrar tanto en nosotros a mismos y lo que nos molesta que nos hacemos impermeables al sentimiento de nuestra pareja y nos volvemos tan susceptibles de lo que recibimos, que nos pensamos desdeñados por lo que es otra cosa, tal vez un problema ajeno a la relación, que ni siquiera tenga que ver con nosotros.

Y no es que se deba invariablemente justificar o dar o razón a la pareja, aún en sus berrinches -esos que se supone no existen más que en la etapa infantil pero en ocasiones aparecen en plena adultez- es o va más allá de sentimiento, aunque va inmerso en ello, es la parte pensante la que nos conduce o debiera, hacia el bien (en ser y estar) de la persona que queremos y que nos acompaña en la intimidad precisamente como pareja. 

Por ello, quienes nos enamoramos de verdad, en serio, y no jugamos a la seducción, partimos de buscar que sea para siempre, en una entrega total de cuerpo, sentimiento, conciencia y entendimiento.

En fin.

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