¡Échale todas las putas ganas del mundo, carajo!

Una relación, la hay la conseguimos y luego no sabemos qué hacer con y en ella.

Una relación que se transforma, de un momento a otro, en algo más: un compromiso que es de por vida y que representa muchos retos, dentro de los principales, el vencer nuestra mala actitud, hacernos responsables de nuestro mal temperamento, del mal comportamiento.

No perder con el paso del tiempo el sentido de lo que nos llevó a interesarnos en esa persona y luchar por ella, como si fuera aquella en el preciso momento en que la conquistamos porque ella nos conquistó previamente a nosotros.

No difuminar el encanto en la cotidianidad que puede fácilmente arrebatarnos, inmersos en lo ordinario, lo extraordinario que es encontrar a nuestra pareja.

Porque igual que sin darnos cuenta de cómo o cuándo caramba nos enamoramos, de igual forma parece que se nos va la ilusión cuando lo extraordinario está en lo maravilloso de compartir cada amanecer y poder llegar al final del día, antes de dormir, sin ninguna certeza si despertaremos al día siguiente cualquier de los dos y sin embargo está la esperanza de un a veces lánguido y agotador hasta mañana, sin en verdad saber sí vendrá.

Hay quien va de una pareja a otra, errada y erróneamente buscando afuera, tratando infructuosamente, de encontrarse a sí mismo y por eso no se halla con nadie pues está inconforme consigo mismo.

Hay quien va de devaneo en devaneo localizando dónde y con quién lo que ni siquiera tiene y por ende no puede ofrecer ni dar.

Hay quien, cínico, pretende que todos los demás están o debieran estar para complacer y satisfacerlo.

Quizás algunos de nosotros hemos pasado por todos esos estadios; sin embargo, hay quien en la disyuntiva logramos encontrar lo tan anhelado, cuando partimos de darnos, en forma plena e incondicional, sin expectativas de por medio, solo libre y desinteresadamente para aportar a los demás; y de repente, recibimos sin esperarlo, de esa persona que se torna especial lo que nos llena sin saber que lo requeríamos y nos vencemos a ante su presencia en nuestra vida.

Así llega a quien a veces no esperábamos; así se nos presenta en quien ni pensábamos, así de natural se da una relación y si nos confiamos en ella, genera cosas maravillosas en nuestra vida.

Pero en ocasiones, perdemos el rumbo, extraviamos la brújula, nos desorientamos y nos olvidamos, en una especie de amnesia sentimental, de lo que es nuestra relación y la dejamos ir como si nada, tal vez para siempre. Y cuando se termina nos damos cuenta lo que hemos perdido irremediablemente.

Pero antes de llegar a ese punto hay instantes que nos permite recapacitar, aunque no nos percatemos de ello.

Pero si se logra retomar conciencia, no solo por el comienzo a veces ya lejano, sino es que olvidado, ni siquiera por el esplendoroso pasado vivido o los agradables momentos íntimos de pareja, sino porque uno se logre dar cuenta del valor de la pareja, de la relación, es cuando aún hay un halo de esperanza de lograr retomar la relación y volver a comenzar de nuevo, antes que sea tarde por separación o muerte, que una y otra acaban siendo lo mismo.

Así que, si se quiere y se puede, carajo ¡Échale todas las putas ganas del mundo! Sin importar lo que reste de vida y volver a agradecer cada amanecer como oportunidad de vida y estar en paz, confiando en Dios, cada anochecer antes de dormir o aún en el insomnio, por la posibilidad de volver a despertar o descansar en paz, y dejarse llevar con una sonrisa al asaz de solo un quizás, cualquiera que este resulte y sea.

En fin.

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