Librero o bibliotecario a la fuerza. Los caminos de la vida, no son como yo pensaba…*

Trabajé en el año de 1987, durante seis semanas en una biblioteca, sin remuneración económica.

La antigua biblioteca, se situaba entonces, en el primer piso, junto a la Dirección de la Facultad de Derecho de la UNAM, en Ciudad Universitaria.

Quien no la conocía por dentro, ni se enteraba que atrás de los anaqueles de libros que daban hacia la sala de lectura, había escondidos tres pisos repletos de libros, revistas y mucho polvo acumulado.

Laboré ahí, en el último tramo de mi servicio social para cumplir con el mismo.

Los meses anteriores, estuve asignado como asistente de una persona de la Dirección de la Facultad y mi trabajo había sido en su totalidad a distancia, porque así me había sido autorizado; pero la diosa fortuna en sus vuelcos y jugarretas, quiso que removieran al personal y me quedé “volando” a unas semanas de concluir mi servicio.

Tuve la fortuna, después de varias vueltas a las oficinas de la Facultad de Derecho de la UNAM y hacer varias antesalas, de ser reasignado y “aceptado” en la referida biblioteca, no sin una clara reticencia de parte de quien me dio el cambio y luego de la propia Directora de la biblioteca.

A juicio de estas personas que estaban en una verdadera cacería de brujas, a su juicio, yo era una persona que me había aprovechado de “contactos”, es decir de influencias para sacar mi servicio social, sin presentarme a cumplirlo.

Recuerdo todavía la primera entrevista con la Directora de la biblioteca que, previa la consabida larga antesala de espera, me recibió a regañadientes y me impuso un horario del todo inconveniente (de 10:00 am a 14:00 horas de lunes a viernes) a pesar de explicarle que yo trabajaba como pasante en un despacho, a lo que contestó que lo tomara o que lo dejara e iniciara entonces el servicio social en otro lugar.

Acepte sin más, a sabiendas que tendría que resolver el tema en mi trabajo.

Obvio tuve que pedir permiso en el despacho, lo que me costó todo un tema a la par que una reprimenda, que como consecuencia provocó que mi jornada laboral iniciara un par de horas antes que los demás, que no tuviera descanso para comer y luego saliera una hora después (eso era un decir, porque quién ha trabajado en un despacho jurídico sabe a qué hora se entra, pero no sabe a qué hora saldrá de trabajar).

El tema de la comida lo resolví fácil gracias al sándwich que me preparaba mi mamá y que me comía en el trayecto de regreso al despacho, para palear sin mayor problema la situación.

La Directora de la Biblioteca era (no sé si todavía viva, pero lo que es seguro es que hace años dejo de fungir en su cargo) una de esas personas que yo diría, estaba descontextualizada, ya que era y parecía dama de clase media alta, con toda la pinta de señora de Las Lomas o el Pedregal (su vestir, sus accesorios, zapatos y bolsa de marca, su misma forma de hablar la delataban) pero con aires de revolucionaria bolchevique, funcionaria celosa de su deber atenta a evidenciar y defenestrar todo lo que fuera distinto al prototipo de gente buena, del pueblo, estudiante “puma”, que como en el caso de un servidor, resulte ser el chivo expiatorio porque venía de una universidad privada (crimen de lesa humanidad) y lo peor, vestido con traje y corbata.

Me pusieron a hacer fichas bibliográficas, todavía en tarjetas a máquina, en una Remington de plástico duro con teclas igual de duras.

Quien me asignó el trabajo, uno de los encargados, por instrucción directa de la señora de referencia, me explicó cómo hacerlo, obvio como siempre anoté las instrucciones y luego de poco más de dos semanas de estarlas haciendo y acomodándolas en los libros, un día me llamó para me indicarme que sencillamente me había equivocado y hecho mal todo y que repitiera todo el trabajo realizado.

Me quedé atónito y luego solo alcancé a decirle, con mi cuaderno en mano, lo que él me había dado como instrucciones que yo había anotado después de verlas con él para claridad de mi parte. Se quedó callado y me indicó que le había entendido mal y que tenía que repetir todo el trabajo.

No discutí, comprendí de que se trataba; saqué todas las fichas de sus respectivos libros y las tiré al bote de basura e inicié nuevamente el trabajo, sin más.

Mi objetivo era finalizar e irme con mi carta de servicio social firmada.

Seguí en lo mío día tras día, con ahínco porque me motiva concluir con ese tema y ello era cuestión de tiempo.

No di motivo alguno para que, a pesar de las malquerencias, hubiera algún pretexto para deshacerse de mí.

Llegó un o más bien varios momentos en que prácticamente era la única persona en toda la biblioteca porque a la hora que llegaba a trabajar la Directora ni sus luces (ella llegaba al filo de las 11:00 am) y varias veces los trabajadores se iban y me encargaban el “changarro” incluso por temas sindicales.

De a pocos me fueron tomando cierto afecto. Tan es así, que de repente me encargaban algunos temas e incluso llegué a entablar pésquelas pláticas entre tarjeta y tarjeta que elaboraba.

Mi último día en ese lugar, para mi sorpresa, fue muy grato para mí.

Sobre todo tres personas me despidieron muy amablemente; uno de ellos, me hizo un dibujo que aún conservo y además me contaron lo que yo ya sabía dé antemano: que había consigna de fastidiarme para que me hartara y acabara yéndome.

Pero estas personas me comentaron que francamente los sorprendí, porque a pesar de todas las trastadas que me hicieron como pedirme repetir el trabajo a pesar de haberlo hecho como me habían indicado, hacerme subir y bajar libros de los pisos llenos de polvo, de cambiar libros de un estante a otro sin explicación alguna más que hacerlo y regresarlos a su lugar de origen e incluso ir a darme vueltas a los “Seminarios” (oficinas en la Facultad con poca gente asignada, con una indolencia de zombies, y libros apilados en los pisos), a recoger textos que a veces ni existían donde me enviaban (que aparecían a mi regreso mágicamente en la propia biblioteca), siempre cumplí con cada encomienda por absurda que fuese, sin hacer caras o comentario alguno.

Por cierto, de entre las cosas que tengo en la memoria, cuatro, aún las recuerdo con cierto dejo de ironía y una sonrisa a flor de labios, no porque me haya gustado vivirlas, sino porque “a toro pasado” me ufano de haber salido avante dentro de esas pequeñas y mezquinas adversidades:

1. La consabida repetición de un trabajo realizado durante semanas, sin más, porque sí.

2. Que un día me llamaron para indicarme que era inadecuado que llegara vestido de traje y corbata porque hacía sentir menos a la gente que laboraba ahí y sobre todo a los becarios (estudiantes de la Facultad) que iban vestidos de mezclilla, camiseta y tenis y yo desentonaba con ellos. Les expliqué la razón de mi vestimenta y no le di más importancia. No me volvieron a comentar nada.

3. Que fui testigo de como, más de una docena de becarios asignados a servicio social o apoyo en la biblioteca entraban después que yo y salían antes, pero eso no era el inconveniente sino que; en repetidas ocasiones los caché jugando baraja española o pasando ociosamente el tiempo en el primer o segundo piso de la biblioteca, atrás de los estantes y nadie les cuestionaba ni les decía nada, incluso algunos de los trabajadores de la propia biblioteca jugaban con ellos y pasaban su tiempo con ellos, sin más, ya que eran orgullosos estudiantes “pumas” con ese prestigio identitario sin que ello representara algo de provecho.

4. Y lo más importante, que pude recibir mi carta de terminación del servicio social, lo cual fue muy satisfactorio para mí.

Al finalizar, como es lo correcto, según mi educación, me fui a despedir de la directora, quien a penas se dio por enterada, como siempre, despectiva conmigo. Le agradecí de corazón y lo hice por convicción.

Tengo la conciencia tranquila por el deber cumplido.

Todo esto lo escribo (motivado por el libro El laberinto en un junco) porque eso que pudo ser para mí, lector ávido a quien mi padre (una persona que no acabó ni el primer año de secundaria, pero autodidacta) me inculcó lo hermoso gusto por la lectura, pasó de la posibilidad de ser una maravillosa experiencia de trabajar en un lugar idílico en donde aprender el buen oficio y extraordinario arte de ser bibliotecario, a convertirse en una ardua faena en al cual cumplir con obstáculos de por medio, en asignaciones inverosímiles (cuál las tareas de Hércules, dicho sea de paso, con temor a exagerar) gracias a una predisposición negativa solo para satisfacer el culposo placer “justiciero” de fastidiar, supongo por afanes reivindicatorios, de unas personas que no se detuvieron a pensar el motivo de mi estancia ahí y solo prejuzgaron en ese entonces a un muchacho, por venir de una universidad privada lo cual causó escozor en una narrativa equivocada, y que acabó a base de trabajo, cambiando la visión que de mí se tenía a priori, como alguien no adecuado.

Me llevo esa gran satisfacción, como placer totalmente egoísta.

En fin.

* Esta historia la escribo, no tanto por rememorar tiempos idos (que me dejaron una buena enseñanza), aunque en parte, obvio que sí, porque siempre nos recontamos nuestra historia, por ocio o cualquier motivo a la mano; sino porque me motivo el sorprendente libro, El laberinto en un junco (capítulo II. Los caminos de Roma, Librero: oficio de riesgo, numeral 19) de Irene Vallejo.

Gracias Irene.

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