Narrativa de la espera

Llego temprano al destino al que me encamine para cumplir un deber, como cada inicio de año.

Hoy es el primer día hábil, y es mejor hacer los pagos correspondientes sin dilación; aunque también otras personas pensaron lo mismo y no esperaba encontrar tan larga fila para hacer el pago respectivo.

Sorpresa la larga fila, que pronostica una larga espera, pero ya estoy aquí y aunque reticente, es mejor ser paciente porque de todas formas hay que hacerlo.

Me formo. Como siempre que uno llega, soy el último y me embarga ese pensamiento del que se sabe al final y el sentimiento de que quizás no alcanzaré a llegar (creo que es una sensación generalizada entre desamparo y desasosiego que la conocen quienes han estado es esta situación).

Al cabo de un breve tiempo, veo que tras de mí ya se va formando gente y se hace más grande la fila, eso me va cambiando el ánimo: ya no soy el último, soy parte de la fila ahora sí totalmente integrado y hay “alguienes” más, después de mí, ya no estoy al final.

A mi parecer, se forma una especie de cauda de la nada y cada que volteo, sigue incrementándose.

La mañana con neblina, está bastante fría y con rachas de brisa que suave no como caricia sino como aliento helado hace sentir que es más baja la temperatura de lo que dice el termómetro; día atípico para lo que

es uno normal de enero en estas latitudes.

Respiro profundo una, otra y otra ocasión más, hasta que me logro tranquilizar mi impaciencia y poner a mi ser completo en sintonía de espera, relajado, tranquilo, con paciencia, logrando calmar esa ansia de quien viene de azarosa cotidianidad y de repente debe aquietarse, para solo ver transcurrir el tiempo y esperar, que es un saber dejar que pase la vida para sólo verla suceder, sin poder hacer nada más que esperar.

El avance es lento, no puede esperarse otra cosa y en esta impuesta tranquilidad que frena todo movimiento y nos hace estar inánimes, me doy a la tarea de narrarme a mí mismo mi circunstancia para transcurrir más ameno el tiempo y que pase sin a penas sentirlo.

Afortunadamente traigo el celular y puedo convertir este diálogo conmigo mismo en una expresión escrita para cuando lo vuelva a leer, quien sabe cuando y reviva el instante ahora presente ¿Para qué? Ni yo mismo lo sé, pero la sola idea me da una expectativa de que esto también pasará y tal vez sea después un divertimento el leerlo.

La fila, aletargada avanza a penas imperceptible, como riego por goteo, pero sé que en algún momento llegaré al objetivo que es la caja para poder hacer el pago. Solo es cuestión de saber esperar y continuar esperando, mientras tanto ya estoy entrado escribiendo por el solo placer de hacerlo y pasar contento el momento, ensimismado en mis pensamientos.

En fin.

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