En sigilo

De repente, en la calma de un día cualquiera, de golpe, todo se arremolina en la mente y se torna en alud que es un marasmo de interminables pensamientos que ensordecen la mente, obnubilan el alma, aquietan al espíritu, anulan a la voluntad mientras hacia afuera la vida transcurre impasible y sin siquiera mirar o de menos detenerse en ese ver que nos pasa.

Toda paz se difumina y entran los estertores que acalambran las neuronas y agotan hasta dejar en estado de lasitud el cuerpo entero como después de un ataque epiléptico, lánguido, exánime, casi catatónico sin fuerza ni para hablar o ubicarse en espacio tiempo; uno solo se conserva estático como en gravedad cero, inerte.

Y esto nos transcurre, mientras la actividad en nuestro derredor sigue como si nada, porque a fin de cuentas nada hay más allá de lo que a cada uno sucede y siente, que los demás quizás puedan sufrirlo pero no lo ven, no lo entienden.

Entonces ¿Para que hablar si no perciben, ni sienten, lo que a uno le transcurre en esos momentos de batallas descarnadas en las que cree uno morir y sin siquiera la esperanza de saber si ya no más?

Silencio calmo que no es quietud, pues mientras los demás observan esperando que resultará, uno está a la expectativa sigilosa de la siguiente batalla que habrá de enfrentar.

En fin.

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