Sucediste, sucedes.

Dice la canción:

“la vida es un momento en el espacio y cuando el sueño se ha ido, es un lugar totalmente solitario…”;

pues bien,

así fue qué llegaste,

y no quiero que te vayas.

Me sucediste,

me sucedes.

De la nada apareciste.

Arribaste sin más;

te presentaste exquisita, resplandeciente;

no abrumadora.

Así,

poco a poco,

tu esplendor,

como brizna,

me empapó;

te fui absorbiendo,

maravillado,

me percaté,

de cada forma,

de cada momento de ti.

Fuimos yendo despacio,

conociéndonos,

asimilándonos,

yo,

ensimismado en tu ser.

Me emocionaste,

me conmoviste;

me apasionaste,

me excitaste…

fulgurante,

por ser tú,

tan tú misma,

sin nada más,

solo tu presencia,

solo tú.

Llena de ti misma,

rodeaste mi ser,

tu esencia,

en la mía;

y fui tú,

como tú,

me pareció que,

por instantes,

fuiste yo.

Fuimos dos,

que forjamos un solo ser

sin jamás perder identidad.

Hubo pasado,

hay,

hasta ahora,

presente.

¿Qué será?

No lo sé,

solo tengo seguridad

de saber que,

no quiero que te vayas.

Somos libres,

pero nos pertenecemos,

y eso es algo que,

si desapareces,

difuminaras,

con tu ausencia,

mi ser.

En fin, sería el fin.

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