Lluvia en el campo, llanto de desahogo

Estoy a cielo abierto en medio de un enorme bosque que parece no tener confín y busco un lugar apartado para estar solo.

Quizás, en forma inconsciente, busqué este preciso lugar como escenario idóneo que exprese en forma abierta, cómo me siento, cómo estoy, cómo me encuentro.

Hay algo de sol pero está nublado; me doy cuenta que se asimila a presagio…

Vine hasta aquí para escapar de sensaciones inquietantes, sentimientos estériles y pueriles emociones que ni yo mismo entiendo.

Me echo en el pasto verde, con los primeros vestigios del otoño.

Transcurre el tiempo y me sumerjo en ese devenir sin prisa, a penas me doy cuenta de nada. Hay silencio y permanezco impávido sintiendo apenas el sutil viento que pareciera a penas querer soplar, susurrando para no interrumpir mi silencio y de vez en cuando le contesto con suspiros como eco.

Pero el clima cambia, se encapota el cielo que anuncia posible tormenta.

De la nada, aparece el viento recio que parece empecinarse en sacarme de mi ensimismada actitud y correrme del lugar para que regrese de donde vine y a donde pertenezco.

Llega sonora la lluvia, con tal fuerza que empapa me hasta los pensamientos y hace que entonces me brote desde dentro la lluvia del alma esa que clamaba por salir pero necesitaba un motivo externo.

Permanezco quieto. Me hago ovillo y así me integro al paisaje. Parezco piedra en medio de ese pastizal. De pronto la fuerte lluvia cesa y aunque el cielo permanece gris solo deja caer esporádicas gotas como si alguien estuviera exprimiéndolo para dejarlo seco.

Aunque me sé empapado, no siento lo mojado. Continuo como roca esperando también acabe de exprimir el alma para que cese mi personal goteo.

Vuelve la calma en la nada, desconozco cuánto ha transcurrido pero creo que ha sido lo suficiente para ya casi estar seco, no de las ropas empapadas sino del alma que ya no tiene más llanto que llorar y entonces me levanto para andar de regreso a donde ni el viento me pudo empujar.

Ya en el carro recuerdo que traigo mis viejos pants, sudadera y tenis; me quito la ropa mojada y me pongo lo seco. Enciendo el carro para tomar la vereda hacia casa a no sé qué, más que a transcurrir mi vida de nuevo.

Mañana laboro y al menos con eso estaré distraído en mis menesteres dejando de un lado los empeños y los bríos que son el alimento sano de mi espíritu.

En fin.

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