Sismos III: Así se siente México, así se lleva México…

La vida sucede, nos transcurre la más de las veces sin darnos cuenta, mientras la transitamos, estemos o no conscientes.

No es una perogrullada.

En lo cotidiano estamos tan inmersos en la realidad que nos ha tocado o que nos hemos circunstancialmente formado, que ni nos acordamos de lo relevante para ubicamos tan en lo profundo de nuestro entorno, en ocasiones en problemas de subsistencia o algunos vacuos que no reparamos en los seres queridos, los damos por sentados.

Pero la sorprendente e incontenible naturaleza en diversas maneras nos sacude (en forma literal), para hacernos ver lo frágiles que somos y que en lo que orgullosos nos regodeamos, en hacer y forjar para sentirnos seguros, en un santiamén lo puede desaparecer, incluso a la vida misma, si así lo dispone, sin dejar vestigios, solo desolación.

Nuestra debilidad y mezquindad como personas es, al asaz, evidente; si se nos olvida o lo ignoramos, Dios, la naturaleza, las fuerzas malignas (o como quiera denominárseles) nos lo recuerda con una simplicidad abrumadora, a prueba de discusiones infructuosas: lo que es, deja de serlo; lo construido, se destruye, cualquier realización material se elimina.

Creamos apegos, los necesitamos; de pronto, llega algo por encima de nosotros y nos lo quita.

No hay magia; lo que sorprende por mágico, está en las acciones, en la actitud.

No hay más.

Somos efímeros, pero también somos el escalón para los que siguen y que se permita que la vida, se perpetúe aunque los que ahora seamos, ya no estemos.

No hay legado permanente, solo amor -caridad- aletheia, areté, conceptos que se han vertido en el pensamiento cristiano, pero que datan de mucho atrás y que le dan cohesión a esto que en ocasiones parece tan disgregado y sin sentido. Lo que le da algo de razón a la existencia, es servir.

Bien lo señaló el estagirita: «¿Qué es la esencia de la vida? Servir a otros y hacer el bien»; el budismo también toman este mismo concepto: haz el bien y si no puedes o no quieres, por lo menos no hagas daño y la Biblia lo simplifica en: «amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Sorprende (además de hechos aislados de malicia e ignominia que enojan al dañar lo lastimado) la bondad del desinterés de desconocidos que sin pensar sino en quienes necesitan, ayudan, colaboran, apoyan, donan, cooperan en diversas formas posibles para socorrer, buscar, rescatar, trasladar, organizar…

Los jóvenes, tan criticados como generación (apáticos sin enfoque en algo productivo, hoy -desde el jueves 7 y martes 19 de septiembre- los más representativamente comprometidos) tomaron la estafeta sin esperar instrucciones; los ancianos asistiendo y cuidando, además de donar a los afectados; los pobres entre los pobres donando lo poco que tienen; los que perdieron sus casas, como si nada les hubiera pasado en lo material, los primeros en buscar a otros damnificados y sacar escombros; la sociedad en general, las personas de a pie, los comunes desconocidos en general sin buscar fama ni gloria, encontrando formas de resolver y dar soluciones, quizás no las más sensatas (¿Quién lo define, quién lo critica, quién precisa lo adecuado, más allá de lo expertos que llegaron después?) pero si verdaderas muestras de hermandad sin distinción.

De la destrucción y muerte, se rescata algo valioso: la solidaridad ciudadana, cara cívica del amor entre seres humanos.

Gracias a todas las personas, son más las que permiten tener esperanza y continuar la fe en nosotros mismos, cualesquiera sea nuestra ideología y creencias.

Sigamos, pero no sin antes un apapacho de corazón.

Permítanme decir: ¡Dios los -nos- bendiga México!

En fin.

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