La palabra como consuelo

Hay momentos de desolación en que como desearía tener la palabra precisa para decirla en el instante correcto, solo para aliviar la situación aciaga por la que transita en el devenir ese alguien a quien amo, o bien aquél o aquella a quien estimo o a cualquiera que por diversas circunstancias tenga cerca, que por algo estamos en tan terrible momento juntos aunque luego cada uno siga su camino sin más. 
No hay mayor interés que el único afán de apoyar y que esa persona pueda continuar su vida, sin más.

Pero desafortunadamente no tengo ese don que me convierta en soporte para que alguien salga avante. 

Como quisiera también, que cada que estoy en estado de desoladora desesperanza, alguien estuviera a mi lado y con su palabra me abrazara para sobreponerme y continuar adelante mientras la vida dure y así, hasta que ya no haya un mañana para mí.
Pero me doy cuenta que ando solo; no me duelo por ello, pero a veces me gustaría tener a mi padre que me escuchaba y respondía con su voz de siempre, con su amor desinteresado que en vela me esperaba sin yo saberlo y oír una y otra vez lo que me decía. Eso, ya no es posible y aunque lo tengo en mi mente y corazón ya no puedo dialogar con él; solo hay monólogos a manera de plegaria y oración continua. 

Esa es la realidad.

Y aquí me encuentro entre sollozos lastimeros suplicando recibir, pero también rogando poder dar ese consuelo que todos necesitamos, a veces, para no desquiciarnos en el tormento del desasosiego.

A quien me encomiendo sino a ti, mi Dios?

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