Recuento de recuerdos.

Los recuerdos se suceden y llegan de la nada para que, de girar en torno a nuestra mente se trastoque esto y sea uno quien de vueltas en torno a ellos y los analice; así, previa adición de situaciones que tal vez ni transcurrieron o son inverosímiles, adquieran otra dimensión diferente y grandilocuente en nuestra propia narrativa.

A paso de segundo y en marcha de minuto, se detonan pensamientos idos que regresan sin invocarlos, o de menos no conscientemente, para poseernos y no dejarnos en paz.

Quizás se deba a que al externarse, nos permitan tomar consciencia de todo lo vivido para de una u otra forma, poder conciliar situaciones ya idas o nos haga sentido aquello que no entendíamos y no nos deje avanzar en nuestro devenir.

Todo esto como si fuera una especie de rudimentario psicoanálisis que nos libere de la opresión de nuestros pensamientos distorsionados, para tal vez hacerlos más incomprensibles pero que nos ayuden a estar bien o perdonarnos a nosotros mismos.

¡Qué sé yo!

Meras ideas que se ocurren después de comer -en ese momento tranquilo de modorra, antes de continuar de nuevo la jornada- en vez de echar la siesta.

En fin.

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