Invocación sin anhelo.

Invocarte con el pensamiento ya no me es suficiente.

No estás, esa es la realidad.

¿Qué hay más que solo recuerdos?

Son el pasado al que me aferro para vivir como náufrago en el presente, esperando en la zozobra que haya un futuro improbable.

Nada, solo eso.

¡Ah, mujer! si supieras lo que me haces aún sin estar.

Me dañas.

Nuestra historia indeleble me lastima ahora en tu ausencia, avasallado en remembranzas que sedan mi mente pero agreden mi cuerpo.

No sabemos que hay tras de la muerte; aun quienes tienen fe en un más allá, padecen incertidumbre que se palea en algo con sus creencias, pero en realidad nadie sabe a ciencia cierta que hay si es que algo exista.

Si morimos, ya fuimos; pero también es verdad que ya no somos.

Un cuerpo insepulto es algo que desde la antigüedad es antinatura, como lo trata el drama de Antígona y que todas las religiones condenan.

Pues bien quien vive en desamor, no tiene que morir para alcanzar el estado calamitoso de ser sin estar, viviendo sin en verdad hacerlo; y al igual que un cadáver no enterrado -con la única diferencia que no se está muerto- se siente en carne viva, expuesto a las inclemencias del tiempo y a la espera de los buitres que se coman las entrañas.

Te extraño.

¿Volverás? no lo sé.

Vago a la deriva con el ánimo fatigado.

Me tienes asido a un recuerdo insustancial.

Estoy atribulado.

El dolor cala mi alma, mi cuerpo yace desnudo, descarnado sin ti; por eso, invocarte con el pensamiento ya no satisface mi ser, mi existencia.

¿Habrá acaso un quizás?

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