Decisiones

Me permito tomar uno de los tantos chistes del libro de Slavoj Zizek, interpretado a mi manera, para mi reflexión de hoy:

Un casamentero tratando de convencer a un joven para que contraiga matrimonio con u na mujer a la que representa, utiliza como estrategia transformar cada objeción en cualidad meritoria y así a cada duda le da una respuesta: “Que es fea”, responde: “así no hay peligro que te engañe”; “que es pobre”, responde: “así esta acostumbrada a no gastar mucho”…Y así, va solventando cada reproche, hasta que el joven formula uno que al casamentero le es imposible reinterpretar en forma positiva y optimista, entonces estalla iracundo y le responde: “Pero ¿Qué quieres? ¿perfección? No hay alguien que no tenga algún defecto”.

Estre chiste que puede tener varios usos -incluyendo el que el autor utiliza en lo político- se me antoja para explayar una lúdica reflexión, a ver si me sale.

En cuestiones amatorias, como en tantas otras, las decisiones que tomamos vienen evidentemente de lo que somos y hemos vivido, pero también de la propia situación y circunstancias en que nos movemos y estas nos influyen necesariamente, tal como lo abrevió acertadamente en su aforismo José Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia”.

Así nos transcurren las diversas cuestiones en la vida; por supuesto, mi acto es mío, ejercido como volitivo, sin embargo invariablemente nadie escapamos al tiempo y momento que nos toca vivir, que nos influye, que nos forma; si bien podemos modificar nuestro porceder, incluso cambiar nuestro sino, no dejamos de ser parte de esa circunstancia en la que estamos inmersos.

Pero ya me distraje yo mismo, disperso como soy, de mi objetivo con base en el chiste comentado.

Esto de elegir pareja, y sobre todo con la convicción que sea de por vida, aunque actualmente la duración de vida es mayor, es todo un tema, que obvio cuando se realiza, no es algo tan reflexionado en muchos casos; y en ocasiones, sobre todo cuando ya se tiene más edad, a veces la soledad es mlaa consejera y se escoge estar con alguien que aunque no sea del todo a modo, se termina por acomodar, normalmente quien elige, para evitar quedarse sin compañía, porque no hay más.

¡Que terrible!

Otras veces se la decisión es por belleza, por calentura, hasta por mero recochino interés, pero todo eso desaparece con el tiempo, aún el dinero y aunque quede y se multiplique llega un momento en que por más que se tenga y se viva causando de menos envidias, resulta que se queda un hueco que nada llena y así se acaba la vida.

Elegir por elegir es a veces tan erroneo como no elegir.

En ambos casos queda la sensación -muchas de las veces soterrada y no reconocida, ni a uno mismo, porque sería reconocer el error y eso pocas veces se da, que curiosamente puede ser la forma de solucionar, aunque en forma dolorosa, un yerro- de nada, de vacío que se pretende sustituir con un acomodo fictisio pero más o menos tolerable, algo así como la canción de Juan Gabriel esa que dice que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor, diferente a aquél amor que se consolida más allá del eneamoramiento y se fortalece con el tiempo.

Así que buscar pareja solo por no estar en soledad, es algo demasiado costoso para vivirlo como un para siempre y la elección, a veces, por ser lo que queda, es decir buscar a un o una “peor es nada” es algo que a la larga tiene un costo muy elevado y nada satisfactorio, hasta que acaba siendo una mera costumbre.

No sé, me fui por otra cuestión, en vez de tratar lo chusco del tema, pero así me salió.

Total, cada quien con sus decisiones a cuestas.

En fin.

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