Remembrazas acerca de lo que ya no será

A veces te me viertes en el recuerdo y de inmediato quisiera llamarte, pero luego regreso a la avasallante realidad y me cuestiono: ¿Para qué?

Hay dos películas que ahora me vienen a la memoria y para mi tienen relación contigo: la primera versión (1953, Francia, no la de 1977 de EUA), de “El Salario del Miedo” y “La Chica con el Dragón Tatuado”.

En ambas, el final después de una serie de sucesos mezcla de acción y romance, en circunstancias en las que se ubican los personajes por sus acciones, resulta que se entrelazan vidas de personas que sufren sin estar muy conscientes de ello y más bien aceptando su destino; no conformes pero en cierta medida, insisto, conscientes de lo que hicieron para estar donde están.

Pues resulta que después de una serie de peripecias, en ambos casos, cuando están a punto del que podría ser el final feliz en cada una de las películas, los autores (guionistas y directores) no transigen con el sentimentalismo ramplón, y terminan como una excelente buena tragedia, alegoría perfecta de la realidad.

En la primera película, en un campo petrolífero (creo que en Sudamérica), estalla un pozo y hay que apagarlo; se pide a cuatro voluntarios manejen dos camiones cargados de nitroglicerina; el camino es tortuoso.

El protagonista cuando ya triunfante iba de regreso al pueblo, muere por un descuido de su parte, tras un periplo de muerte que libró de milagro, mientras que su amada espera su retorno; es decir, como dirían los clásicos, “se la rifó como los grandes” al conducir un camión con nitroglicerina a través de un “camino” lleno de vicisitudes (por decir lo menos), es decir, con accidentes geográficos casi infranqueables y logra su objetivo de llegar a donde esperaban el cargamento y ya cuando la adrenalina pasa y va de vuelta al pueblo con su paga, lo alcanzó su destino.

La segunda película, más sutil, pero no menos dolorosa, se desarrolla en Suecia: la joven Lisbeth Salander, de 23 años, quien es un genio de la informática, tiene memoria fotográfica; pero llevó una infancia de infierno, y es una inadaptada social.

Esta persona, con piercings en la cara y tatuajes (entre ellos el de un dragón en la espalda), es una investigadora que trabaja para una agencia.

Pero la parte en que me centro es la sentimental: ya dispuesta a entregar lo que nunca dio a alguien más, a pesar de tener experiencias sexuales diversas, cuando se siente segura de alguien sufre una dolorosa decepción. Jamás había entregado su corazón a alguien y a quien decide hacerlo, le falla, no por él así quererlo o jugar con ella, sino que ella se equivocó al elegir al sujeto.

Cuando está a punto de entregar su alma a su prácticamente único amante en verdad amado (un hombre cuarentón al que investigó, y luego colabora con él para otra diferente), toda vez que los y las demás, fueron fugaces aventuras, o exigencias para salir adelante (incluso como inicia con él, es porque literal, se le antojó), pues resulta que él no la amaba, y cuando ya esta dispuesta a prácticamente “declararsele”, resulta que lo ve salir abrazado de la amante más afín en edad a su amado, con la que ella perfectamente sabía (porque lo había espiado incluso “hackeando” su computadora como una stalker profesional que era) que tenía un idilio de tiempo atrás. 

Comento ambos filmes porque así me inunda el sentimiento, respecto a llamar, y volverme a preguntar una y otra vez ¿qué caso tiene?

Quizás sea simple orgullo adornado de humildad, pero en verdad no veo motivo, ella ahora tan lejos, tan sublime, tan etérea, tan grácil pero a la vez tan poderosamente real; y yo, aquí, sin poder hacer nada, ni siquiera ser quien esté cerca.

Y solo quedan recuerdos que se van difuminando.

Tal vez sea lo mejor y cada quien ande su camino.

Hay quienes afirman que todo pasa y no pasa nada; no lo sé, pero quizás estoy en ese lugar llamado nostalgia donde lo que pasa se queda o su influjo es tal que perenne está tatuada y me es infinita mientras exista, aunque nada es para siempre…ni el recuerdo.

En fin.

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