Días de guardar

Cuando era pequeño, recuerdo que la Semana Santa era en verdad un suplicio por las creencias, sobre todo de mi padre y para un chamaco -de entre recién nacido y como hasta los 10 u 11 años- era en realidad muy pesado.

Domingo de Ramos, una misa larga y comenzaba todo.

De ahí que la frase: “más largo que la Cuaresma” me haga muuuucho sentido, oh, si!

Miércoles era de preparación previa al jueves y viernes santos en que rigurosamente seguíamos los cánones de la Iglesia -o más bien, lo que se interpretaba de lo que eran esas conmemoraciones, como sea-: no se prendía la Tv, ni el estéreo, ni la radio -únicos aparatos existéntes en mi época infantil- no se podía cantar, ni silbar, ni sonreír, ni jugar, ni platicar, solo prepararse de una forma, que en mi interpretación de niño, no me hacía sentido alguno.

Y a ese ambiente de tristeza, se le adicionaban todas las ceremonias laaaarguísimas, la visita de las siete casas (iglesias) y misas una tras otra; luego las procesiones, el pésame a la Vírgen -la Dolorosa- (con las iglesias con cortinas moradas para tapar todas las pinturas e imágenes de santos) y silencio sepulcral sin movernos, hablar, ni nada absolutamente nada, so pena de ser fuertemente regañado.

Era como llevar a un niño inquieto a un sepelio, pues no hace sentido y solo será continuamente regañado, lo cual insisto no hace, ni tiene sentido.

Considero que a veces mal interpretamos la profesión de fe, no sé si por querer ser devotos in extremis o sentir que de esa forma nos congraciamos más o mejor con Dios y ese flagelarse sea la forma de reconocerse cristiano cuando, en mi opinión, debiera ser por nuestros actos y con nuestro ejemplo lo que a la vista de los demás fueran signos reveladores de los designios divinos y no solo el cumplimiento formal de ritos que en ocasiones percibo que en verdad ni se sienten.

No se de otras religiones, poco conozco la católica en la que nací y me criaron mis padres, pero la que no profeso a cabalidad y de la cual, aunque la respeto como cualquier otra creencia religiosa, sencillamente no comulgo con sus variadas interpretaciones y aplicaciones, más que en lo esencial: la caridad, o más mundanamente, el amor, hacia Dios, hacia el prójimo como uno mismo y absoluto respeto a nuestros padres, como la misma Biblia lo dice, los dos primeros los más importantes preceptos, de lo que deriva tod lo demás: si amas no lastimas, no buscas sacar provecho, no abusas, procuras el bienestar de los demás o de menos no los fastidias.

Y la verdad conozco personas ejemplares que siguen sus creencias, sin intentar aleccionar a otros, ni convertirse en íconos o santones; solo son en su actuar coherente, ejemplo de vida. 

Pero ello, con tiros y troyanos; es decir, tanto de fervientes católicos, o gente con otra creencia religiosa e incluso de ateos, agnósticos, libre pensadores, “comunistas”, y tan diversos como seres humanos existímos.

Pero me estoy desviando de lo esencial, los días de guardar.

No me burlo de las creencias de absolutamente nadie, menos si fueron las de mi padre -hombre bueno a quien tuve de ejemplo- al que amo aunque ya está muerto -y espero gozando de la gracia de Dios, al que tanto respetó e intentó inculcarnos, más con sus actos que con sus palabras-

Pero, insisto, si me era muy pesado todo el largo proceso de esta época que conmemora la muerte de Cristo y supongo, mi ulterior animadversión por los actos en como se lleva a cabo, aunque cuestión curiosa, hubo una época en la que ya grande y no obligado a seguir los ritos, que procuraba acompañar a mi padre, no por convencimiento, sino por el amor que le tenía y por acompañarlo a algo que a él le hacía sentido y por ende le era importante, con independencia de mi animadversión a los tan pesados ritos.

Convencido estoy que, al igual que cuando te fallece un ser querido (ya he perdido a mi padre, a mi madre, a mi mejor amigo desde la infancia y a mi hermana, en ese orden), no tiene s que obligar a nadie a que siga tu dolor; es algo que se vive solo, por dentro y quien te guste acompañar, adelante, pero no es algo a que se obligue o se comprometa.

Bueno, pues he educado diferente a mis hijas, para bien o para mal y ahora la Semana Santa es vivida no como ritos tristes y dolorosos; pero al igual que mi padre, intento con los actos, con mi ejemplo -aunque mucho de cotidiano fallo-  a que sean mujeres de bien y de provecho.

No lo sé. 

Cada uno vive a solas su duelo, sin signos externos, que únicamente sirven para externar y ser reconocido el dolor que nadie más siente como uno mismo, anque de corazón se solidaricen con uno.

Insisto, no pretendo un vituperio con mi comentario, solo ha sido la manifestación de un recuerdo que me ha llevado a externar diversos pensamientos.

Cada quien sabe lo que trae dentro, lo vive o lo goza.

Días de guardar.

En fin. 

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