A la sombra del Ángel

Hace unos días, estaba disfrutando una clase de las que imparto, en la maestría de derecho fiscal, en la universidad, y no se cómo, en uno de esos varios paréntesis que suelo hacer (reconozco, se me vienen encima en la marisma de ideas que se vierten en mi cabeza), me llegó el recuerdo de ese libro que leí a principios de 2010 gracias a la recomendación de mi buen amigo Gabriel Aguilar (q.e.p.d.) y que disfruté enormemente:  A la sombra del Ángel, de Kathryn S. Blair.

Obvio, tuve que hacer una narrativa breve del mismo, inmerso en la necesidad de compartir lo que gocé su lectura, más que por tener relación directa con el tema que estaba comentando en ese momento (lo sé, soy un inmaduro, pero no me importa, lo que me hace sentido y feliz, me gusta compartirlo, tanto como el poco conocimiento que he adquirido).

Luego, por esas casualidades del destino, una de mis hijas me comentó que le dejaron leer ese mismo libro, para luego hacer una síntesis para una materia que lleva en la universidad y raudo a la par que emocionado y sonriente (como escuincle que se sabe la respuesta), le dije que lo tenía. 

Fui a mi pequeña oficina, lo busqué en el librero, lo tomé y se lo di, con una breve reseña comentada que más bien escuchó por educación, que por interés.

Dicen que: “leer, es viajar”; cierto, pero también “leer, es vivir muchas vidas”.

Varias lecturas que he realizado son enormes viajes que me adentran en mundos tan maravillosos que embelesan al espíritu y ese viaje, no fue la excepción.

La narrativa ligera y ágil con que escribió la Sra. Blair, además del contenido tan apasionante, es una mezcla que lo hacen el libro perfecto para continuar leyendo y regresar después de las forzadas pausas que se tienen que realizar en la cotidinidad de la vida.

Separarse de su lectura, recuerdo, fue angustiante; y finalizarlo, fue cerrar con tristeza una historia muy bien escrita.

Se me hizo algo curioso, que quien la escribió, fue nuera de la persona en la que está enfocada la narración (Antonieta Rivas Mercado), bajo el tema del monumento conocido como el “Ángel de la Independencia”, que en realidad es la victoria alada sobre la columna que se conmemoraron en la época de Porfirio Díaz, los 100 años de esa gesta (nada parecido a la “Estela de Luz” -paralelo metálico con algo parecido al mármol que tan cerca de los tres rascacielos de Reforma, si se viene desde Patriotismo y se va por el Circuito Interior, se pierde; o si se observa parece la maqueta sin terminar de alguno de ellos, y si se le ve desde Reforma parece, de canto, una escalera plegada o como la bautizó, el imaginario colectivo, la “suavicrema” por su parecido a esa galleta de Marinela- con la que en 2010 se pretendió conmemorar los 200 años de la Independencia de México).

Una historia novelada, entrelazada con tantas otras, que de manera espléndida fueron conectadas por la escritora, quien no conoció a su suegra, quien fue una gran mecenas (pero a quien etiquetarla es desconocerle grandeza), quien en tan solo 33 años de vida hizo más que muchos seres humanos en longevas existencias.

La Sra. Blair, no escribió el libro para hacer un homenaje, sino en principio por conocer lo que era inédito y por amor a su esposo (Donald Antonio Blair Rivas Mercado) a base de recopilar información que al principio le fue negada por la propia familia de su esposo, por tener pasajes vergonzosos y tristes, logró con su empeño romper barreras y adentrarse en la extraordinaria vida de Antonieta, quien gracias a la visión de su padre fue una mujer que se preparó, estudió y uso sus conocimientos en apoyo entre otros a la vida artística e intelectual mexicana y en no poco, catapultó internacionalmente a tantos, luego famosos artistas plásticos, dramaturgos, poetas y escritores, que gracias a ella, fueron conocidos y sus obras valoradas, mientras ella ha sido casi olvidada.

Y también apoyó por amor al ideólogo tan idealizado, pero tambien humano al fin, José Vasconcelos, que en el seno de la familia Rivas Mercado era recordado con profundo odio por lo que a consecuencia de su egoismo suscitó.

Es un libro que -tengo la convicción- sería bueno leer y releer.

 

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