Mi adyacencia con mi otredad…(15)

Seguí en la universidad y terminé muy bien los dos primeros semestres, pero ya tenía la necesidad de trabajar.

Durante todo el segundo semestre, y parte del tercero, me dedique a vender pasteles que elaboraba una pastelería, propiedad de una amiga española de mi papá -se llamaba Soledad, muy guapa, de unos 55 años- que estaba en la calle de Hidalgo, en la colonia Tizapán San Ángel.

Me iba a distintos restaurantes de la Ciudad de México y de Satélite a ofrecerlos y, como mi papá cuando vendía refacciones y accesorios para camiones, los vendía, no sin recibir muchos sinsabores, propios del oficio de vendedor, pero cuando los colocaba, era yo muy feliz, y luego a regresar a clases en la universidad.

Siempre recordaba lo que una vez me comentó mi papá le dijo a su hermano menor, cuando éste le expreso que: “para ser vendedor se requería un temple y un carácter especial, vamos que se nacía para ello”, a lo que mi papá le dijo que. “para ser vendedor y vender, se necesitaba hambre”. Me guié invariablemente, más que por las palabras descritas, por lo que me significaba y hacía sentido de eso que señaló mi padre.

Luego dejé la actividad de venta de pasteles, porque era muy complicada al traslaparse con mis estudios, decidí hacerla a un lado, no por haragán sino para cuidar lo importante, platicado previamente con mi papá.

En tercer semestre busqué entrar a un despacho de abogados, sin decirle a mi papá.

Él tenía el temor infundado que si me metía a trabajar en un despacho, abandonaría los estudios -como él había visto en otras personas que truncaban sus carreras, al empezar a ganar dinero “fácil” como coyotes, más que como abogados-

No era mi caso, aunque mi padre no lo sabía.

Al fin, para diciembre de 1983, obtuve de rebote un empleo en un despacho nada conocido entre los abogados de abolengo.

Claro que intenté ver si había oportunidad de entrar a los despachos de alcurnia: Santa Marina & Steta, Baker & Mckenzie -en ese entonces Bufete Sepúlveda- Noriega y Escobedo, pero aunque tenía compañeros que trabajaban en esos lugares, e incluso quienes sus papás eran socios de dos de esos despachos, ni oportunidad me dieron.

Continuará…

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