Mi adyacencia con mi otredad…(9)

Aún así, no juntaba mis dos mundos, por vergüenza (¡Que estupidez! ahora a mis 52 años lo veo).

Mi padre siempre se vanagloriaba, que sus hijos iban a escuelas particulares y él sin ayuda de nadie, siempre pagó las colegiaturas, con su trabajo, sin si quiera pensar en becas ¡inimaginable!

Mi papá tenía la convicción que nos verían como arrimados, apestados, o nos harían “el feo” o menos, que a los otros chamacos, y siempre se negó a ello.

Ahora que lo pienso, seguro fue por su experiencia personal y la que vio con su hermano y hermanas, quienes fueron becados, como lo señalé anteriormente, y quizá entre otros motivos fue por lo que los cuatro abandonaron pronto los estudios en los colegios particulares, en los que el gobierno los becó.

Reflexionando, creo que eso lo marcó, al grado que no quería exponer a sus propios hijos al “escarnio”, a lo mismo que vio y vivió de niño.

Craso error, el suyo, aunque lo admiro y lo quiero -hace ya casi 17 años que falleció- pero su realidad fue diferente.

Además, la verdad, a simple vista, se notaba que teníamos una realidad económica no igual a la de otros, lo que era evidente, por lo menos en mi caso, porque mi hermana llevaba uniforme y siempre tenía dos en cada ciclo escolar, lo que aminoraba lo obvio, pero yo no llevaba uniforme de primaria -más que el de gala una vez al mes y en ocasiones especiales- a preparatoria: no teníamos mucha ropa, los zapatos desastrosos – a lo que yo abonaba por los juegos propios de cuando uno es chamaco que se arrastra y anda por un sinfín de lados, y comprar un par nuevo, era toda una odisea- en fin, una serie de condiciones que a simple vista dejaban en claro que no teníamos recursos económicos suficientes.

Como lo recuerdo, por cierto, en verdad eso para mi no era relevante, no me importaba tener únicamente unos pantalones para llevar literalmente toda la semana y que se lavaban en sábado, día en que usaba shorts no por comodidad, sino por necesidad; pero sí me importaba que nadie de la escuela entrara a mi casa.

Me apenaba el que alguien se enterara como vivía, situación que duró conscientemente desde la secundaria y hasta la Universidad, casi trece años -aunque hubo cuatro situaciones en que compañeros tanto en la secundaria, luego al finalizar la preparatoria y antes de iniciar la universidad, luego en la época universitaria y finalmente en el trabajo, en que si entraron- pero fue el tonto -y más tonto yo, que lo asumí- comentario del compañero de secundaria, el que me pudo.

Cuando entré a trabajar como pasante, desde el tercer semestre de la carrera, solo una vez llevé a la casa a un invitado a comer, que por cierto, literal, era hijo de un millonario dueño de empresas en el Noroeste del país, que a la fecha son un emporio y que entró a trabajar al despacho donde yo laboraba, para aprender. No se porque lo hice -tal vez porque era tal la diferencia socioeconómica que no me importó- pero así fue.

Por lo mismo, mis papás conocieron solo a una de mis novias -la que posteriormente se convirtió en mi esposa- y quien tuvo que esperar ya casi al final del noviazgo de casi dos años ocho meses, para entrar a la casa de mis papás, y eso porque pensó que no quería presentarla a mis padres, por cuestiones que nada tenían que ver con la realidad, sino con mi forma tan absurda de sentirme.

De hecho, la primera reunión se dio en un restaurante, precisamente por mi complejo de inferioridad respecto al estúpido estigma que cargaba.

No quise nunca que nadie supiera lo que había o dejaba de haber en mi hogar, de lo cual ahora me avergüenzo por no haber tenido otra visión diferente y estar agradecido con lo que mis padres me daban, como ahora a destiempo lo estoy. 

Pero eso fue lo que pasó.

Continuará…

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