Vaya sueño

Llegué y me recosté porque me sentí cansado.

Casi de inmediato me dormí, aunque sentía que no lo estaba.

Combiné los ruidos del entorno, con lo que estaba soñando y así caí en la espiral de lo profundo.

De repente, estaba en el despacho, era de día y combiné gente del despacho, con la salida a cumplir con un deber de trabajo, una encomienda que no recuerdo, ni es relevante.

Así me encontré yendo de la oficina a la casa, por requerimiento de un asunto, que resultó ser ir a la casa de Rumania, donde habité por más de seis años -de 1988 a 1994- con dos miembros del Consejo de la Firma.

Ibamos rumbo a este lugar en carro, recuerdo que comentábamos algo, de manera amena y amigable.

Luego, me bajo del auto algunas cuadras antes de la casa, ellos se desvanecieron junto con el vehículo y me encontré en el 1122-A, a punto de tocar la puerta blanca.

Me percaté que era un día soleado, aunque no hacía calor y que la casa era toda de color rosa claro, aunque en una parte de la pared del lado izquierdo, cerca de la puerta, se había abombado la pintura, haciendo una burbuja que quise desprender, en eso -no recuerdo si toqué o no- distraído por esa falla, se abrió la puerta recibiéndome mi hermana muy contenta, sonriendo.

La saludé.

Me hizo la señal con la mano y unas palabras que tampoco recuerdo, para que entrara a la casa, que estaba muy bien arreglada y amueblada.

En la sala me sorprendió ver un bebé.

Era de sexo masculino, un tanto largo para la silla-cuna en la que estaba; vestido con ropita clara, color crema, que dejaba al descubierto sus bracitos y piernitas. Tenía un mechón rojizo en la parte de arriba de la cabeza, pero con pelo ralo a los lados, muy blanco, sonriente; sin embargo, tenía algo raro que no me gustó del todo.

Era un bebé de aproximadamente unos seis u ocho meses.

Estaba en su sillita-cuna encima del respaldo de un sillón muy parecido al que compré, cuando recién me casé y le pregunté a mi hermana de quién era. En eso, salió mi mamá de la recamará que había del lado izquierdo -la que tenía baño- y me saludaba, contestando a mi pregunta que era de la pareja de mi hermana. Supuse entonces que lo estaba cuidando, se veía muy contenta con el bebé.

Mi mamá me pidió que entrara a la recámara, y mientras acomodaba algo de un mueble -creo era un tocador, que nunca había visto- me dijo, mientras me miraba de frente y observaba que yo voltee a ver a mi papá -quien con su pijama color caqui, una con la que lo recuerdo y uso muchos años, yacía dormido en posición fetal en la cama- que ya casi terminaba su tratamiento contra el cáncer y que entonces todo estaría bien, saldrían.

Yo no dejaba de mirar a mi papá, quien permanecía sin moverse, ni hacer gesto alguno a pesar que estábamos hablando en el tono de una conversación normal, no en voz baja, lo que también me extrañó, es más no me gustó, pero me causó, no se porqué, cierto pesar.

Mientras tanto mi mamá continuaba comentando que ya que se estaba terminando el tratamiento de mi papá y se irían, creo que a un viaje, o algo asó (lamentablemente eso ya se me olvido ahora que lo estoy escribiendo), en eso me percaté de lo iluminada que estaba la recámara que tenía un ventanal grande, como de hecho es en la realidad, y entraba una espléndida luz que alumbraba todo, como sucedía en los días de sol, después de podar los árboles de la calle -lo cual hice unas tres o cuatro veces, mientras vivíamos ahí- lo recuerdo porque, insisto, vivimos más de seis años en ese departamento de la planta baja.

Luego algo me regresó de ese sueño a la realidad, me di cuenta que había sido tan solo un sueño, de esos que son muy vividos, que casi nos parecen reales.

Ahora que lo cuento, como cuando desperté, me deja una sensación rara, no sé de qué además, obvio, de una tristeza muy grande.

La razón, de mi tristeza, a mis cincuenta y dos años, es que los tres seres que vi: mi hermana, mi mamá y mi papá, en ese estricto orden (sin saber del bebé nada y no se porqué apareció en mi sueño), con los que estuve brevemente en el sueño, ya están muertos.

Descansen en paz, en la gracia de Dios. Lo merecen, en verdad, que sí.

Así de raros son a veces los sueños.

Y, mientras tanto, yo, aquí, continuo.

En vida hermano, en vida…

En fin…

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