Espejo

En ocasiones, escribir, es mirarme en un espejo.

Desarrollo una idea o un sentimiento y conforme lo plasmo en la página, deviene una figura, tras las palabras, que al volver a leerlas hacen que identifique que estoy ahí, mirándome en tan diversas formas que no en pocas veces resulta que debo observar muy bien para saber de que me he disfrazado o como me he transformado, porque no me reconozco de primera vista.

La escritura refleja quien uno es.

La escritura refleja lo que y quien soy.

Más allá de interpretaciones psicológicas, es un verter mi ser de mil maneras, por la necesidad de expresarme, pero que también hace que me replique y cree otro yo, muchos yo.

Y ese otro yo paralelo, guardado y aguardando, en ese otro lado requiere volver a cobrar vida a través de ser leído, como en una película, que transcurre conforme la vemos -aquí al leerse- y mientras eso sucede, se queda estático como retrato.

Pero ahí permanece.

Es verdad, sucede que los espejos pueden distorsionar la imagen, a veces en forma por demás graciosa; otras tantas, tal vez no del todo, para quien se refleja, pero si para quienes miran ese espejo.

Así sucede.

Lo relevante, al menos para mí, con independencia de cómo me miren y vean, y sin temor al ridículo, eso en verdad no importa -cuán tarde lo aprendí- es no cejar en mi intento de continuar expresando lo que es ese mi interior y ponerlo ahí, en vitrina, solo por el placer de hacerlo, no con un afán de exhibicionismo, sino para liberar a esos mis otros yo, que se me agolpan y empujan para poder salir y ser recreados, so pena de ahogarme.

Igual que el dibujante que traza sus líneas, saca su ser y sentir al ponerlas en papel, por una fuerza más allá de él mismo: la necesidad, a veces obsesiva, de solo dibujar por dibujar, más que para soltar la mano y perfeccionar su arte, a fin de realizar trazos maestros, por la simple cuestión que, de no hacerlo, se le explotaría en una obsesión desenfrenada, para o por hacerlo y eso lo enloquecería.

Es algo más allá de uno mismo, de el solo hecho de querer expresar: es sacar lo que hay dentro, para que no lastime, no asfixie, tenga vida propia y no muera, porque en lo que se deja de hacer, también se muere de apoco, se abate el ser.

Así de sencillo.

Imaginación, experiencia vivida, mezcla de ambas, historias que me cuentan, anécdotas propias o de terceros, y a veces intentos y escarceos literarios y hasta poéticos, de todo.

Ese es quien soy.

Y una vez que está fuera, en mi caso a través de las palabras que escribo, hay algo de tranquilidad y calma en mi interior, solo por sacarlo; luego al leerlo de nuevo, es que en ocasiones me sonrío, otras tantas me río sonoramente , otras más me sorprendo y también a veces lloro, y no pocas veces tan solo lo hago por sentirme liberado de haberlo soltado de esta la forma en la que se me da, y se me sale un suspiro.

No se si sea mi forma de dialogar conmigo mismo, mi necesidad de comunicar, mi gusto y placer por verme en este espejo de letras, mera tranquilidad, o el gozo en general de todo ello en ocasiones mezclado y otras por liberarme.

O quizá, como bien dice el Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad…” y se reduzca a lo vano de la arrogancia y la soberbia, no lo creo, en parte porque nunca ha sido mi intención como escribidor, más que sacar a “orear” mi ser.

Pero, en realidad, ¿quién sabe?, queda la incógnita en el aire de un tal vez, solo tal vez.

Cada loco con su tema.

En fin.

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