Una historia de amor, que no fue…(2)

Dos personas se conocen en un lugar y manera -créaseme o no- que supera cualquier entendimiento y razón. Dejo hasta ahí esta parte de la narración, para que cada uno que la lea -imagine esa situación y circunstancia- como mejor le plazca.

Se dice que en realidad no se ve lo que se mira, sino lo que es uno.

Conozco a ambos protagonistas: un hombre común, como tantos otros -lo llamaré “él”- y, una hermosa y despampanante mujer -la llamaré “ella”- por respeto a su intimidad.

Él, como otros tantos, descrito en una canción de Ana Cirré.

Ella, dama de la noche, empresaria de sí misma, con una larga historia, que lejos de ser obstáculo, fue un hito, según lo conversaron después -cuando lo pudieron racionalizar y externar en palabras, a terceros que los conocieron-que marcaba con un especial, por bonito, sello indisoluble, de relevante significancia para ambos: ese su mutuo sentimiento, que les pertenecía solo a ellos dos y por el que peleaban para defenderlo contra lo que y quien fuera.

De tan “curioso” lugar y forma, surgió algo que se fue transformando, no sin accidentados momentos y malentendidos, en sentimiento puro -y los sentimientos cuando son puros, aún en los lugares más imposibles, no son algo, que se comprenda, ni se trate de entender racionalmente, solo se sienten, se viven-

Bajo ese escenario -que repito, cada quien imagine- en los momentos en que se está intentando formar una relación, basada en los cimientos del amor, después de varios meses, se dio una conversación.

En realidad más que conversación, esa plática (que provocó a propósito ella), fue una confesión de ella a él.

Nadie se lo pidió, está por demás decir, que mucho menos él.

Esa confesión era de algo que la ahogaba y que requería sacar.

Nunca me dijeron ni ella, ni él, si fue por el pesado lastre que le significaba a ella, el estigma de lo que representaba y a lo que se dedicaba, o paradójicamente por la necesidad de cuidar ese sentimiento -a toda costa, aún poniéndolo en riesgo- que al parecer hasta antes jamás había sentido a pesar de las muchas relaciones previas por las que había pasado.

Y, literal, en ese arriesgado paso al vacío, que pudo haber trastocado todo, dar al traste con esa posibilidad y destruirla, se armó de valor, pues era mayor su necesidad, deseo y anhelo de que él la conociera a fondo todo de ella, para entregarse a él sin restricciones y estar segura de saber si aún así la aceptaría y, si esa posibilidad se daba, que él supiera y estuviera consciente quién había sido ella, lo que había hecho y porqué -no a manera de justificación, donde protegerse, sino para empezar su relación con él, con total transparencia-.

Y fue que entonces -casi como si se tratase de una Navidad- que la magia del amor sucedió.

Su relación no terminó. Por el contrario, fortaleció su amor.

O de menos así lo entendieron los protagonistas; él, después de asimilarlo y aceptarlo sin reticencias, sin recelo, sin condiciones, sin criticas, sin juzgar, solo comprendiendo y deseando amarla; ella, sin ese lastre que esconder, sabiéndose plenamente aceptada, para entregar lo que a nadie antes había dado: su corazón, confiándolo en absoluto al cuidado de su amado.

Él comprendió que gracias a todo lo que ella había vivido, había llegado a él; y, ella, estaba ahora tan cómoda y tranquila, por primera vez con alguien, aceptándose y reconociéndose amada y lista para amar a plenitud a su pareja, su amor, su cómplice, su hombre, su vida.

Ella, vulnerable, al dar ese paso decisivo, se sintió liberada, aceptada y supo que debía entregarse en cuerpo y alma, sin límites a él, que la amaba.

Así lo hizo.

Prueba difícil, la que narro, que los convirtió en una verdadera pareja, imperfecta, como lo somos todos los seres humanos, aunque nos empeñemos en ser perfectos y frustrarnos.

Ellos se sabían y asumían seres comunes queriendo construir su mundo, con sus carencias y necesidades, de ahí que eso los hacía ser y estar bien en su relación, al grado de causar envidias y maledicencias, de aquellos que rumian esa su felicidad, tan ajena a las relaciones que se esperan “normales” y que sin quererlo ella y él, les ofendían y lastimaba a las conciencias de la gente “decente”.

De lo hasta ahora platicado, en mi perspectiva subjetiva, los aspectos, no se si relevantes a destacar, al menos en mi entender, son:

¿Quién podría soportar saber todo el pasado de una persona y sobre todo confesado por esa persona a la que se ama?

¿Quién en realidad aguanta, de golpe, la verdad?

Y sobre todo ¿Quién sería capaz de continuar una relación sentimental en serio, con una convicción absoluta, después de saberlo todo, desnudando la terrible realidad abierta del pasado, especialmente de “ese” en específico?

continuara…

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