El encanto de las palabras que crean historias.

Me encantan las personas que tienen el don de platicar historias.

Dicen que las anécdotas les suceden a quienes saben contarlas.

Conozco, como creo que varios de nosotros, a personas que tienen una charla sabrosa, aún en temas de lo más intrascendentes y hacen que su plática nos traslade a los acontecimientos y lugares que sin conocerlos nos parecen comunes y disfrutamos, nos extasiamos, nos asombramos, cual chamacos, con esos pequeños o grandes relatos que los transforman a través de la palabra en épicas historias o apoteósicas epopeyas, que nos hacen disfrutar los momentos de estar en derredor de ellas, escuchando atentos a la expectativa de cada palabra que pronuncian y cada movimiento que acompaña a su decir.

Luego al finalizar, sino aplaudimos, de menos nos llevamos una sonrisa de gusto aunque el tema con el tiempo se olvide o tal vez la retentiva prefiera olvidarlas para no echar a perder lo que fue un gran momento.

A todos nos pasan en la vida, experiencias suficientes para poder hacer una narrativa espectacular. Lo que sucede, la mayor parte de las veces, supongo, es que estamos tan absortos en el acontecimiento mismo, y lo disfrutamos o bien padecemos, de tal manera que nos rebasa el poder traducirlo en palabra que discurra ligera y permita transmitirlo a otros.

A veces, también sucede que nuestra timidez o abierto miedo a la burla y/o crítica nos bloquea a hablar, aún frente a un pequeño grupo, nos inhibe para expresar abiertamente algo que , de dejarlo salir naturalmente, quizá sería algo fantástico.

Es así como se pierden grandes sucesos, en el silencio egoísta del temor, por permanecer callados.

Esta idea me surge, al escuchar a personas que, si se les da un poco de confianza, comienzan a expresarse de una manera que de forma grata sorprende, pero no lo acostumbran hacer o incluso se molestan ya sea que se les pida hacerlo en otros momentos diferentes, donde no están cómodas
o bien a alguien se le ocurre narrar algo de lo que comentaron previamente, porque se sienten traicionadas.

Si tan solo supieran lo necesarias que son las historias para transcurrir la vida diaria.

Los cuentos, novelas, libros, obras de teatro nacen las más de las veces de anécdotas narradas literalmente o bien de interpretaciones de las mismas, que fomentan la imaginación y la creación literaria.

Así ha sido desde la prehistoria, en cuanto el ser humano descubrió la comunicación hablada e invento convencionalismos guturales para transmitir experiencias pero también para disfrutar del incipiente ocioso, lo que al paso del tiempo, se han convertido, después de siglos en libros que transmiten y hacen volar la imaginación.

Pero los humanos somos complicados; diferentes motivaciones nos hacen ver situaciones, a veces inexistentes o peligros que solo están en nuestra mente, todo producto de nuestras cavilaciones y prejuicios, así como pequeños o grandes traumas que cargamos desde pequeños y prefieren estar silentes y con ello, tal vez la humanidad pierda oportunidades de disfrutar nuevas aventuras, ficciones a lo mejor, que permitan hacer más llevadera la realidad.

Total, que el oficio de juglar, no es para todos y solo unos cuantos que se animan, más allá del ridículo, trascienden, aún en forma amateur y gratuita, dentro los pequeños círculos familiares y de amigos y nos hacen disfrutar de sus espléndidas narrativas que nos transportan a mundos de ensueño, haciéndonos pasar momentos gratos que se agradecen.

Vaya un aplauso anónimo y a destiempo por todos aquellos que quizá sin proponérselo, nos hacen pasar gratos momentos.

La palabra, siempre la divina palabra.

En fin…

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