Camino de vida

En la sala de juntas de una corporación prestadora de servicios, en plena junta de retroalimentación de ideas a nivel nacional.

Es increíble cómo se ha dado esta posibilidad gracias a la tecnología de comunicaciones.

Es maravilloso sentirse, como en una película de las que hay tantas, viendo aspectos corporativos y manejando conceptos para las empresas, razones de negocio, etc.

Lo único que falta es la cámara para revisar la actuación de cada uno en una reunión así.

Este mundo es sensacional y hay mucha gente que hace todo por pertenecer a esto.

Pero, como en todo, quienes estamos inmersos en este mundo, a veces, pareciera que añoráramos un mundo afuera. Como los casados que nostálgicamente recuerdan su vida de solteros o los solteros que quisieran tener la compañía continua de una esposa.

Lo que es un hecho, es que idealizamos lo que no tenemos o que creemos haber perdido, sobre una idílica idea de algo que quizá no sucedió como se nos presenta ahora y creemos tener una idea que sería mejor donde no estamos  que donde permanecemos; a veces, nos surge con cierta inconformidad porque la vida nos llevó dónde estamos y no hay forma de salir.

También es cierto, que nos da por apasionarnos y cuando todo sale a pedir de boca, no hay nada que detenga la euforia de haber hecho las cosas y que salieran tal cual lo habíamos planeado, sea cualquiera de las áreas en que estemos.

Pero es en parte cierto, que en ocasiones no tenemos más que eso y cuando por cualquier cosa ya no lo llegamos a tener, nos sentimos extraviados y abandonados, porque no fuimos construyendo alternativas en nuestra vida para continuar por derroteros diferentes en caso de ya no poder continuar donde ahora estamos.  Y es que permanecemos inmersos en nuestro mundo laboral, que por eso mismo perdemos la posibilidad de ir preparando alternativas que nos hagan siempre tener oportunidades de vida diferentes; pero ¿Quién es tan previsor o tan visionario de proponerse hacerlo antes de estar en el supuesto que la vida misma nos coloca?

Casi nadie se ocupa de llevar a cabo planes alternativos de realización de actividades ya sea productivas o para crecimiento personal que “sean sustentables” para en cualquier caso, puedan convertirse en caminos por los cuales ir transitando la vida, sin necesidad de depender en forma exclusiva de lo único que tenemos.

Y así nos va transcurriendo la vida, esperando no haya desagradables sorpresas si todo lo hacemos adecuadamente bien conforme a un manual de procedimientos, e incluso llevando a cabo un esfuerzo adicional, creyendo que con eso estaremos a salvo, como si pudiéramos controlar todo nuestro entorno alrededor de lo que es nuestro trabajo, no considerando que no podemos hacerlo respecto de lo que está fuera de nosotros y a veces, ni lo que solo depende de nosotros. Es una realidad de la que no tenemos las más de las veces conciencia.

Y aquí estamos, seguimos, día a día continuando con lo de siempre como hormiguitas, como engranaje, sin darnos oportunidad de probar otras posibilidades, no porque lo que tengamos sea malo, sino porque no nos damos oportunidad de descubrir algo que posiblemente nos sea mejor a nosotros que, a fin de cuentas, somos lo único que tenemos para nosotros mismos.

Para los únicos que somos definitivamente indispensables, es para nosotros mismos.

Sin uno mismo, nuestro ser no más no puede andar.  Todo lo demás es sustituible o variable, sea la pareja, los hijos, las relaciones, el trabajo, los amigos, etc.

Y no es un egocentrismo a ultranza, sino una realidad y verdad apabullante.  Para nadie más somos ni indispensables ni mucho menos imprescindibles.  Quizá necesarios, circunstancial y temporalmente.

No más.

Sobre la base que en lo humano nada es permanente, por más que nos pretendamos hacer a la idea de ello, siendo finitos, no podemos pretender absorber lo infinito que no nos es dable.

Y no se trata de discurrir para empezar una discusión de carácter religioso o filosófico.

Únicamente, es ubicarnos en una realidad que se da, tan rampante que nos rebasa y no podemos cambiar.

Si es verdad que podemos trascender con nuestros actos, es una realidad innegable; sin embargo, la cotidianidad nos indica en múltiples ocasiones que, como profesionistas, como pareja, como amigos, como padres, fácilmente podemos llegar a pasar a un segundo o tercer plano o incluso desaparecer, ya no se diga ser sustituibles para los demás.

No es una postura fatalista, ni determinista, ni de depredación (el hombre es el lobo del hombre…).  Se trata de ubicarnos cada uno y saber cuál es nuestra situación como personas,  como profesionistas para no pretender considerar que todo es seguro, con base en únicamente lo que hacemos y ya.

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