“Diario”, de un viaje que mi amada hizo…(7a. y última entrega)

Quizá, el amor que más dura, es el que no piensa en función de eternidades, sino aquél que sencillamente se aplica día a día, esforzándose de continuo, pues sabe que el momento sublime, cualquiera de ellos, es tan efímero, que se desvanece y pierde, cuando termina el encuentro.

Consciente de ello, quien quiere ir perpetuando el amor, para que sea duradero, trabaja de continuo, con denuedo, en el aquí y el ahora, ocupándose cada instante, sin preocuparse por el acaso incierto, pues eso sería perder el tiempo.

Por eso, el amor que quiere ser eterno, en el devenir del tiempo, y trascenderlo, tiene que ver sólo el ahora y conjugarse, exclusivamente en presente, abiertamente hedonista, egoísta, pensando el uno en el otro, procurándose siempre, cerca, lejos, cada vez diciéndose: “sólo por el día de hoy”.

Pero en cada hoy, que exista el compromiso de entrega tan plena como se pueda, tan dulce como se deba, tan profunda que hasta duela; y así, a paso de galera, ir transcurriendo lo que velozmente se llama pasado e ir forjando tiempo amoroso, amado, amante, que haga añorar y buscar el nuevo momento y conforme se genere espacio mutuo en ese valioso tiempo de un tú y un yo, formar entonces la tan anhelada eternidad y la perpetuidad del sentimiento.

Este pensamiento me acaba de surgir y así te lo plasmo, a ver qué piensas y sientes, mi vida, pues estoy viendo que así te voy amando en cada instante, en cada día y si volteas en el tiempo verás que son algunos momentos, algunos días que van hilando semanas y los meses se transcurren, para integrar ya algunos años, como si sencillamente no sucediera el paso del tiempo…

—–

Como quisiera saber interpretar tus silencios, para escuchar atentamente, las cosas que callas.

Oír, incluso los gritos que de tan angustiantes, se te ahogan en la garganta o los apagas, y toda la tormenta la amainas dentro de esa tu aparente fortaleza y calma.

Entender, en fin, de un solo golpe porqué me amas.

Y aprender de ti, lo que me dice, tan quedo, tu alma.

Todo para saberme completamente afín a tu persona, como mi sentir entero lo clama.

Quiero, por cierto, comprender todo lo tuyo, tus deseos y tus ganas; tus días y tus noches; tus anhelos más secretos, y todo por lo que, sinceramente, tú a la vida le reclamas.

—–

Entiendo que el día a día cotidiano o bien agota una relación hasta matarla, o poco a poco la va reinventando, para sublimarla…

Quiero que nuestra relación, en cada instante sea lo más profunda, que nunca nos abata y lo más elevada que nos sublime, juntos, en cuerpo y alma.

Ya mero estas aquí, que bueno será recibirte de nuevo.

A comenzar de nuevo, nuestro amor.

¡Bienvenida seas, mi Alborada!

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